LA INTERVENCIÓN DE LOS CIELOS (3RA PARTE)

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POR CECILIA SUSTERSIC

Historia de una geoguerra silenciosa

Y así fue. Desde que se originaron las ciencias climáticas —y hablamos de más de setenta años— paralelamente pueden también identificarse desarrollos tecnológicos que se perfilan como hostiles a los sistemas climáticos de la Tierra… Porque: ¿Qué mejores armas puede haber que las ocultas tras los fenómenos naturales?

Como expondré, en la década del 50 se realizaron operaciones de experimentación con agentes químicos, radiactivos y bacteriológicos, en teoría para probar con compuestos visibles los métodos de dispersión en la atmósfera. Según el filósofo Dominique Bourg, en los años 60 y 70, científicos estadounidenses y rusos “hicieron pruebas bastante desastrosas para manipular el clima”; el optimismo de la época frente a la posibilidad de controlar los fenómenos atmosféricos llegó a postular propuestas aterradoras como modificar el mundo para acceder a los recursos de ciertas regiones. Como ejemplo, vale la mención de dos ideólogos políticos de esa época: el primer caso corresponde a Lyndon Johnson quien en 1962, cuando era presidente de los Estados Unidos, afirmó frente a las cámaras de televisión: “Esto sienta las bases para el desarrollo de un satélite destinado a operaciones climáticas que permitirán determinar la cobertura de nubes del planeta y, logrado esto, controlar el clima. Y aquel que controle el clima, controlará el mundo”. Pocos años después, en 1966, el profesor Gordon J. F. MacDonald, geocientífico y asesor presidencial estadounidense, publicó “How to Wreck the Environment” [Cómo arruinar el medio ambiente], donde describe las aplicaciones militares de la modificación del clima, técnicas para agotar la capa de ozono sobre el enemigo, producir terremotos, impulsar las olas del océano y usar los campos magnéticos de la tierra para manipular las ondas del cerebro humano. Es decir, uno de los principales asesores de uno de los países con mayores ambiciones expansionistas detalla sin pudor la capacidad militar para alterar el funcionamiento natural del planeta contaminando el aire, modificando el clima, interviniendo en los procesos geofísicos e interrumpiendo la ionósfera que nos protege de los rayos electromagnéticos mortales del sol, y hacer todo esto engañando al público acerca de los riesgos para la salud involucrados en tales actividades.

Por esos días, fue Rosalie Bertell una de las pioneras que denunciaron y alertaron desde sus inicios sobre estas tecnologías militares posteriores a la segunda guerra mundial desarrollada en los campos del armamento nuclear y posnuclear que hoy llamamos geoingeniería, quien escribió: Los Estados Unidos y el Canadá han estado colaborando en experimentos de modificación del clima desde 1958 […] El programa Churchill CRM (Chemical Release Modules) incluía varios compuestos de bario, entre ellos, azida de bario, clorato de bario, nitrato de bario, bario, perclorato de bario y peróxido de bario. Todos son combustibles y la mayoría destruye la capa de ozono. Por otra parte, la investigadora alemana Claudia von Werlhof, economista, socióloga y politóloga —fundadora del Movimiento Planetario por la Pachamama en Alemania-Austria, junto con Rosalie—, en un artículo esclarecedor, publica misivas personales que mantuvo con Bertell en referencia a los experimentos de geoingeniería nuclear en la atmósfera: “Permitimos que se detonaran bombas nucleares en el cielo antes incluso de que supiéramos qué era el cielo y qué hacía para proteger la biósfera de la Tierra”, y continúa: “Los efectos a largo plazo de esta increíble destrucción, que ocurrió antes de que se entendieran las funciones protectoras de los cinturones de Van Allen, nunca han sido desclasificados”. Según Bertell, la Tierra ya se había convertido en “víctima de la investigación militar” (“de alquimia militar”, acota Von Werlhof):

La geoingeniería se desarrolló luego de la construcción y el lanzamiento de la bomba atómica en 1945, en un experimento físico masivo del que ninguno de los científicos involucrados sabía si causaría un choque electromagnético que bien podría haber destruido la vida en todo el planeta. ¡Se permitió tomar este riesgo! Por lo tanto, a nadie puede sorprender que hable de la arrogancia de la geoingeniería. Está en perfecta concordancia con la psicopatía de “los de allá arriba”. Esta tónica militar, que signó desde sus inicios las operaciones de manipulación del clima, se pone de manifiesto en la conocida “Operación Popeye” que el Ejército de los Estados Unidos ejecutó en la guerra de Vietnam, donde se usaron los descubrimientos en el control de las precipitaciones para crear inundaciones en el territorio. La siembra de nubes con yoduro de plata sirvió para intensificar y prolongar los monzones estacionales en Laos, empantanando las estratégicas rutas de Ho Chi Minh y hacer así imposible el tránsito de los camiones de suministro de Vietnam del Norte destinados a abastecer y armar al Vietcong en el Sur. El mismo método de pulverización aérea se utilizó en la “Operación Ranch Hand” del ejército norteamericano (1962-1971) con la fumigación del Agente Naranja de Monsanto: 400 kg de dioxinas ultratóxicas, sin que los soldados estadounidenses ni la población vietnamita lo supieran.

Solo años después se supo del uso de la geoingeniería como arma de guerra no declarada, cuando en 1972 se filtró la información de la “Operación Popeye” al The New York Times. Fue entonces cuando, presionados por la opinión pública y las numerosas manifestaciones populares, se gesta la idea de un tratado internacional que regule la geoguerra en auge. El gobierno norteamericano entabló las negociaciones con la Unión Soviética y promovió un examen del Ministerio de Defensa sobre los aspectos militares del clima y otras técnicas de modificación medioambiental, en los que se dio a conocer la siembra de nubes en la Guerra de Vietnam (1974). En el summit de Moscú de julio de 1974, el presidente Richard Nixon y el secretario general Leonid Brézhnev acordaron entablar conversaciones bilaterales para superar el peligro de la utilización de técnicas de manipulación del medio natural con fines militares. En agosto de 1975, los Estados Unidos y la Unión Soviética, gracias a la mediación del secretario general de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim, presentaron el proyecto de Convención a la Conferencia del Comité de Desarme y allí prosiguieron intensas negociaciones que concluyeron, en 1976, con el cierre de los trabajos de redacción. El resultado fue la Convención ENMOD, aprobada por la Resolución 31/72 de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1976 y en vigor desde el 5 de octubre de 1978. En ella se “prohíbe la utilización de cualquier actividad de modificación medioambiental o geofísica como arma de guerra”, en referencia a toda técnica destinada a cambiar, mediante la manipulación deliberada de procesos naturales, la dinámica, la composición y la estructura del Tierra, incluyendo su biósfera, litósfera, hidrósfera y atmósfera, así como el espacio exterior.

Pero, como hecha la ley, hecha la trampa, si bien el tratado prohíbe que las fuerzas militares usen tales técnicas contra el enemigo, también estipula el derecho de las naciones a usar modificaciones climáticas con fines “pacíficos” y allí entra una amplia gama de ambigüedades de usos para “investigación” y en países “amigos que así lo permitan”. Un ejemplo de las estrategias de encubrimiento posteriores a ENMOD nos lo muestra el “Acuerdo sobre el proyecto de intensificación de la precipitación (PIP) entre la Organización Meteorológica Mundial, el gobierno español y otros Estados miembros de la Organización Meteorológica Mundial participantes en el experimento” efectuado en Madrid en enero de 1979, en el que se pacta una base de cooperación mutua para “realizar un experimento científico relativo a los procesos meteorológicos que intervienen en los mecanismos de la precipitación y a su satisfactoria modificación dentro del marco del programa de investigación de la Organización Meteorológica Mundial”, con una duración probable de unos ocho años. En verdad, no puede entenderse el cheque en blanco que España y los demás Estados miembros —que por cierto no conocemos— firmaron en ese contrato para ensayos climáticos libres: la entrega total de territorio, recursos y población —que desconoce por completo la existencia de esta negociación— a un organismo supranacional que, tal como la historia ha demostrado sobradamente, es manejado principalmente por los Estados Unidos para fines de experimentación. Activistas ciudadanos y campesinos denuncian desde hace décadas los terribles impactos que estos experimentos le generan a España. Sobresale en este sentido la actuación de Josefina Fraile, exalcaldesa de Velilla del Río Carrión abocada a problemas socioambientales, quien fue pionera en exponer la geoingeniería y los delitos concomitantes contra el medio ambiente, la salud pública y la seguridad de las personas. Más allá de haber realizado innumerables presentaciones y pedidos de informes en el Parlamento europeo y en el Congreso nacional de España sobre la manipulación del clima como un arma geopolítica vigente que viola derechos fundamentales, es una de las personas que más sólidamente han documentado, con análisis concretos de laboratorios y prolíficas investigaciones, las nefastas consecuencias de estos programas encubiertos, como la muerte de bosques centenarios en toda España, entre otros graves ecocidios.

Entre los activistas españoles que vienen denunciando con valentía y entrega las operaciones de crímenes climáticos, también se destaca el joven Nauzet Morgade. Junto al abogado Eduard Arce, presentó en julio de 2023 un reclamo judicial contra agencias, empresas y ministerios, a la propia presidencia del gobierno y a cuantos otros autores responsables surgieran de la investigación y el esclarecimiento de los posibles delitos y crímenes. Con el objetivo de “denunciar la farsa del cambio climático y detener la eco-dictadura, que una sinarquía supranacional está implantando a base de mentiras, corrupción y manipulación climática clandestina”, expone detalladamente testimonios y adjunta decenas de documentos para acreditarlo. Su acción fue a su vez replicada por otros activistas en los juzgados de instrucción de guardia de varias ciudades españolas. Al tomar conocimiento de esa causa judicial, así como del centenar de denuncias formales e informales de habitantes de España y Europa desde hace décadas, por la evidencia avasallante en los cielos europeos de los programas y experimentos de control del clima y de las poblaciones —que Nauzet bien llama terrorismo de Estado y guerra contra los pueblos—, queda en evidencia el grado de encubrimiento imperante que permite la destrucción de nuestro único hogar, la Tierra, y con ella, de todos sus habitantes.

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