¡CUIDADO! HAY CASA COMÚN.
POR TOMÁS ASTELARRA
Cuando estudié en una prestigiosa universidad me dieron una definición de la economía. Es la ciencia que administra recursos escasos para necesidades infinitas. Nacido en cura de oro dentro del círculo de la casta económica de este mundo, hombre, blanquito, de herencia gringa, clase alta gerencial, con una cómoda infancia que no me obligó a la tortura del trabajo salvo como un juego adolescente, con mis necesidades satisfechas y pleno de recursos, no pude entender en ese entonces el tremendo problema al que se enfrenta cualquier economista que quiera lleva adelante esa definición.
Fueron los valores de justicia social que también mamé en mi casa de origen los que me llevaron por otros senderos, en la militancia cultural y social, en los caminos sudakamericanos que me encontraron desde la extrañeza en convivencia con las pueblas originarias del continente. Renegué de esa economía que me habían enseñado y descubrí en las cruentas pero frondosas veredas de las periferias colombianas que la tierra, la Madre Tierra, la Pachamama, era abundante. Que las pueblas vivían en una alegre austeridad de necesidades escasas y recursos infinitos. Me gusta decir que hice un doctorado o PHD en economía con las caseritas bolivianas. Sus puestos de mercados hacían danzar algoritmos matemáticos que no me habían enseñado en la universidad. Tenían que ver con algo tan sencillo como la humanidad, las relaciones humanas, la vinculación con lo espiritual, y como centro de ese espíritu, el de la Madre Tierra. Volví a mi país a trabajar en pequeñas cooperativas de la economía o la comunicación popular, desterré mis títulos y saberes para acompañar procesos productivos desde alguna comisión de administración. Mis saberes se transformaron en sanadores y quise compartirlos en columnas radiales, escritos periodísticos, talleres de formación y otros menesteres. Descubrí en las poetizas populares de los barrios conurbanos y las periferias campesinas esos valores humanos como variable económica de construcción de otro mundo o economía posible.
Fue un viejo jipi anarquista de San Marcos Sierras, Don Richard, el que me hizo bucear luego de esas charlas en la etimología de la dichosa palabra: economía. Que viene del griego, ekonomakis. Que algunas veces se traduce como la administración de la casa. Pero las abuelas ya me habían enseñado que la casa es común, la Madre Tierra. Y las cumpas ecofeministas me hablaron de la economía del cuidado. De que toda humanidad depende del afecto, del cuidado, con el que llevamos adelante nuestra tareas, nuestras administraciones. Así es como yo ahora defino la economía como el Cuidado de la Casa Común. ¿Mucho más bonito no? La pregunta es: ¿Cómo llegamos a este problema a esta definición de economía en términos de escasez y avaricia?¿Cómo llegamos a este camino que el economista Manfred Max Neef definió como la economía de la estupidez, repitiendo una y otra vez esa ecuación que no puede más que guiarnos hacia este colapso o crisis civilizatoria? Bucee en un camino corto de menos de 300 años hacia el nacimiento de aquella definición que me habían dado en la universidad. Definición que nació como ciencia positivista sobre las cenizas de nuestra brujas, con la revolución industrial, el colonialismo, el nacimiento del sistema financiero y un capitalismo que se financió con la sangre sobre el oro del Potosí.
No satisfecho buceé hasta el nacimiento de la agricultura, hace 12 mil años, más o menos el tiempo que dura un ciclo de la humanidad, eso que las pueblas andinas llaman Pachakuti. Un cambio de era, una semilla creciendo en la oscuridad, un grito de nacimiento de una nueva humanidad que nace, como todo parto, con dolor. Buenas noticias, dice el poeta Nicanor Parra: la tierra se recupera en un millón de años. Somos nosotros, la humanidad, la que está en peligro de extinción. Bienvenidas entonces, a esta historia económica en espiral. Porque dentro de todos los engaños de la ciencia positivista patriarcal, la linealidad es una de sus mayores brujerías.