CONSERVAR EL ECOSISTEMA DE RIBERA DEL RÍO DE LOS SAUCES
Gerardo Coria (Biólogo)
Con una visión más relacionada con su función, Gregory et al. (1991) proponen la definición de un Ecosistema de Ribera como “los vínculos ecológicos producidos en la interfaz entre ecosistemas terrestres y acuáticos dentro del contexto de los procesos geomorfológicos y la dinámica fluvial que los crean”.
Los ecosistemas de ribera se encuentran entre los más productivos y se destacan por su elevada biodiversidad. Uno de los factores que inciden en ellos es la intervención del ser humano, que ha modificado y alterado -en algunos casos irreversiblemente- estas zonas y las ha constreñido a una pequeña extensión en general.
En las orillas de los ríos se forma un ecosistema muy dinámico, donde puede haber escasez de agua en algunas épocas, mientras que durante los periodos lluviosos el agua anega y erosiona con fuerza los márgenes del río. La vegetación fluvial está bien adaptada y se distribuye según el grado de humedad ambiental.
La vegetación que crece naturalmente en las orillas de los ríos constituye un elemento esencial para el buen funcionamiento de los ecosistemas fluviales. Cuando desaparece, generalmente producto de la acción humana, los ríos pierden una parte muy importante de sí mismos, convirtiéndose, en los casos más extremos, en meros conductos del agua de escorrentía.
Las funciones que cumple la vegetación de ribera son múltiples, pasando muchas de ellas inadvertidas para los no iniciados en el ámbito de la ecología. Entre las funciones más destacables de la vegetación ribereña se pueden nombrar las siguientes: fuente esencial de materia y energía en los tramos de cabecera, estabilización de las márgenes y freno a la erosión de las orillas, filtro de nutrientes que reduce la eutrofización de las aguas, sombreado del cauce que limita el calentamiento de las aguas y permite una mayor oxigenación, refugio para la fauna, tanto acuática como terrestre, corredor de conexión entre ecosistemas naturales y, por supuesto, valor paisajístico. Además, el nuevo estatus de Reserva Natural Urbana que el cauce, las márgenes y zonas adyacentes del río han adquirido, obliga a tomar medidas más específicas, profesionales y consensuadas en cada intervención que se pretenda, con el fin de lograr su conservación.
Antes de hacer un somero repaso sobre esos servicios ambientales que presta el bosque natural o “monte”, como se lo conoce comúnmente, para evidenciar la importancia de mantener en buen estado la flora natural ribereña, es oportuno definir qué es la vegetación de ribera.
Una flora muy particular
La vegetación (el bosque en galería o ribereño en el caso del Río de Los Sauces) aparece muy ligado a las aguas superficiales y se distribuye como una red alrededor, como una funda protectora, de los cauces fluviales. Vale aclarar que un bosque no son solamente sus especies arbóreas, sino también arbustos, enredaderas, hierbas,
helechos (¡y “yuyos”!). Si bien la vegetación es la que estructura al ecosistema, también son parte del bosque los animales y otras formas de vida, ya que todas participan y son necesarias para su buen funcionamiento.
Las especies vegetales de ribera están provistas de adaptaciones que les permiten vivir en las condiciones de inestabilidad de esos ambientes: variaciones en el nivel del agua, grandes velocidades de corriente, etc. En este sentido, es conocida la capacidad de rebrote de muchas especies hidrófilas (que viven en ambientes húmedos), como la “chilca de agua” o “suncho”, luego de ser dañadas sus partes aéreas, presentando un crecimiento rápido y una elevada tasa de renovación.
Las especies florísticas que componen un bosque de ribera pueden variar en función de la altitud, la latitud, la climatología y el suelo. La sucesión de especies vegetales desde el cauce fluvial hacia fuera está en función de las condiciones ambientales particulares de cada zona y del nivel alcanzado por el nivel freático en cada tramo, no resultando raro encontrar árboles de formaciones boscosas adyacentes en plena ribera.
La vegetación de ribera como:
Fuente de energía
En los tramos ubicados en la cabecera de cuenca, donde la composición de especies y las relaciones entre ellas son más sencillas que aguas abajo, la caída de hojas y otros restos de las plantas situados en las orillas del cauce es una fuente de materia orgánica, y por lo tanto de energía, de gran importancia porcentual.
Los restos caídos son degradados por hongos y bacterias, y comidas luego por invertebrados acuáticos (crustáceos e insectos) que convierten en finas partículas la materia vegetal caída de los árboles circundantes. Con esto se da entrada a materia (y energía) en el entramado del ecosistema fluvial. Otros organismos aprovecharán las partículas que arrastra la corriente, con órganos filtradores apropiados, y los predadores (peces, crustáceos, insectos, etc.) se alimentarán a su vez de ellos.
Filtro verde y factor de estabilidad
La vegetación de ribera es capaz, a través de su sistema de raíces, de modificar la composición química de las aguas freáticas que llegan al río, e incluso la de las propias aguas corrientes. La tupida red de raíces de las plantas ribereñas absorbe los nutrientes disueltos en el agua, para su propio beneficio, y con ello disminuye la carga orgánica del ecosistema acuático, frenando los fenómenos de eutrofización (proceso consistente en el aumento en la concentración de nutrientes como nitratos y fosfatos que, más allá de ciertos límites, tiene características negativas al aparecer grandes cantidades de materia orgánica cuya descomposición microbiana ocasiona un descenso en los niveles de oxígeno. Se produce en muchas masas de agua como resultado de los vertidos agrícolas, urbanos e industriales).
La existencia de un bosque de ribera en buen estado, interpuesto entre el río y los terrenos agrícolas, es garantía contra la llegada de los fertilizantes que los cultivos no han asimilado (generalmente por haber sido abonados en exceso), aunque su capacidad de ejercer de filtro verde tiene un límite que, en muchas ocasiones, se sobrepasa ampliamente.
Además, gracias a su entramado de raíces, los árboles ribereños sujetan las orillas, frenando su erosión. Muchas veces, por ganar unos pocos metros de terreno para cultivos, urbanizaciones o con el fin de parquizarlos para uso humano, el bosque de ribera ha sido talado o simplificado dejando sólo árboles de gran porte, y la lluvia o una creciente del río se lleva el terreno que el bosque natural sostenía.
Regulador de luz, temperatura y oxígeno
La sombra que la vegetación de ribera proyecta sobre el cauce evita la incidencia lumínica directa sobre el agua. En los tramos profundos la importancia de ese parasol natural no es muy grande, pero en los tramos someros evita el calentamiento excesivo del agua en verano y amortigua las fluctuaciones bruscas de temperatura.
Al margen de que todos los animales acuáticos tienen un rango de tolerancia de temperaturas propio, fuera del cual no son capaces de sobrevivir, la temperatura ambiental incide directamente sobre la actividad celular. A mayor temperatura del agua, mayor actividad metabólica de los animales acuáticos y, consecuentemente, mayor necesidad de oxígeno. Cuanto más elevada es la temperatura del agua, menor capacidad tiene de mantener oxígeno disuelto, y así resulta que cuando más oxígeno necesitan los animales acuáticos es cuando menos oxígeno hay disponible en el agua. Esa paradoja es la que provoca muchos episodios de mortandades masivas en verano.
Por otra parte, cuando llega mucha luz solar directamente al cauce, la vegetación acuática, tanto la enraizada al fondo como la flotante, es más probable que se desarrolle sin control, si las condiciones físicas no lo impiden. La proliferación de macrófitas acuáticas y algas provoca graves déficits de oxígeno disuelto en las primeras horas de la mañana, ya que durante la noche respiran (consumen oxígeno) y no realizan la fotosíntesis (no aportan oxígeno).
Podría parecer entonces que la luz solar es dañina para los ecosistemas fluviales, y que sería mejor que los cauces estén totalmente cubiertos para resguardar su estado, pero no es así. La luz solar es imprescindible para el buen funcionamiento de ecosistema fluvial, pues de ella depende la producción primaria. En esto, como en todo, los extremos son malos, y lo ideal es que al río le llegue la luz solar justa que necesite.
Refugio y vía de comunicación
Otro aspecto importante de la vegetación ribereña es su función de refugio para la fauna acuática, tanto para los peces, a su sombra y entre sus raíces (los peces son, generalmente, umbrófilos, o sea que buscan zonas en las que la luz solar no incida directamente para sus períodos de baja actividad), como para los insectos acuáticos, que utilizan las copas de los árboles ribereños para descansar, para refugiarse de sus depredadores, para alimentarse, para reproducirse y fijar sus puestas de huevos, para realizar la metamorfosis, etc.
Además de los organismos estrictamente acuáticos, los bosques de ribera ofrecen soporte, refugio y fuente de alimentación a numerosas especies. En las riberas se pueden encontrar animales que, de forma permanente, viven en ellas, como son ciertos anfibios (escuercito, rana trepadora, rana criolla), reptiles (culebras, lagartijas), aves que nidifican en esas zonas y/o se alimentan de animales acuáticos (martín pescador, benteveo, garzas, patos, gallaretas, biguá) y mamíferos que dependen del medio fluvial para sobrevivir (coipo). También se ha demostrado la importancia de los bosques ribereños para muchas especies de mariposas diurnas, y la funcionalidad como vía de penetración de especies de otras regiones (sobre todo aves) en áreas de climatología diferente.
También se destaca la función de los bosques de ribera como vía de comunicación entre ecosistemas bien conservados pero que se encuentran aislados entre sí. Uno de los mayores problemas para la conservación de algunas especies amenazadas es el de la fragmentación del hábitat: pequeños grupos poblacionales capaces de sobrevivir en los reductos naturales en los que la destrucción del hábitat los ha confinado, pero cuyo futuro a
mediano o largo plazo es muy incierto porque disponen de caminos seguros a través de los cuales intercambiar individuos (intercambio necesario para mantener la buena salud genética de la especie), sin tener que aventurarse por ambientes ajenos en los que no encuentran zonas aptas para reponer fuerzas o se exponen gravemente ante sus depredadores.
Los bosques de ribera suelen constituir magníficos puentes tendidos entre otras formaciones boscosas naturales (por ejemplo, entre el bosque serrano y el bosque chaqueño seco), por los que atravesar las extensiones cultivadas o urbanizadas que cubren buena parte del territorio.
Paisaje
Desde un punto de vista más antropocéntrico, el valor paisajístico de los bosques ribereños es indiscutible. La existencia del bosque, del “monte”, tal como es naturalmente, con su fisonomía propia, hace que el paisaje tenga más identidad y no repita una visión estereotipada y ajena a nuestra región, donde especies exóticas son implantadas en base a supuestas ventajas que muchas veces no tienen más criterio que la costumbre ciega.
Además, diversifica la composición de especies vegetales del lugar y constituye un elemento que aporta un espacio de frescura especialmente importante en zonas de altas temperaturas como la nuestra, más aún si el río está rodeado por campos ya desmontados.
La atracción que el Río de los Sauces suscita en la cuenca baja (aguas abajo del dique compensador de Boca del Río) está basada especialmente en las características más agrestes y autóctonas que aún conserva, en su tranquilidad y sencillez, que promueve un contacto con la naturaleza más genuino que en otros centros turísticos. Mantener ese enfoque y a la vez cambiar el concepto de que podemos modificar irracionalmente el ambiente natural sin pagar las consecuencias, es una tarea urgente de quienes habitamos este valle cuyo corazón es el Río.