POR FEDERICO PAZ

Estamos en una escuela de agroecología organizada por los Campesinos del Valle en Santa Martina, un pequeño pueblito del Conlara y Traslasierra. En nuestro valle se extiende un paisaje de “guerra de trincheras” ─donde avanza el agronegocio transgénico y retroceden los mundos agroculturales─ sobre todo en su extremo norte (Pocho, Córdoba) y extremos sur (Chacabuco y Junín, San Luis).

Al otro lado de las alambradas, donde durante décadas funcionaron dos estancias que ofrecían trabajo a los campesinos, ahora ocupa este mismo campo comprado por Cresud y alquilado por Monsanto un negocio de exportación que, con sus agrotóxicos asociados, ya ocupan, sólo en el Cono Sur, unas 85 millones de las mejores hectáreas cutivables. Este modelo ya no necesita a ningún trabajador de los parajes vecinos. Sus empleados son contratistas capitalizados que vienen de afuera, creando así dinámicas muy diferentes a las de antaño. En la estancia La Gramilla se extraía madera en forma de leña picada, carbón, rodrigones, vigas, postes, y había mucha hacienda, e incluso un ramal del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico (BAP) llegaba a la estancia mediante un brete construido en la década de 1930. Prácticamente todos los vecinos trabajaron ahí alguna vez. Ahora, en el tiempo en que los transgénicos tomaron el relevo de las agroindustrias regionales, se puede ver en el campo, cruzando el alambrado, un espacio desolado con la base de todas las plantas iguales ya cosechadas, colocadas mecánicamente siempre a la misma distancia unas de la otras. Ni un solo árbol antiguo quedó en pie tras el paso de las topadoras. Por las noches no llega desde allí ni un solo canto de lechuza, ni un solo tauteo de zorro. Y a este lado del alambre, aún, el monte resiste en jirones sin que le regalen ni un centímetro para extender sus copas y ofrecer la sombra. Resisten el monte y sus guardianes a lo largo de una franja que se extiende por cientos de metros de este lado de la devastación. Basta observar tales imágenes para que se refuercen en nuestros cuerpos estos trazados de “líneas abismales” de los que hablaba Boaventura de Sousa Santos, donde los habitantes de los mundos pre-existentes son ignorados y tratados como inexistentes. Si uno cruza los alambrados ─y hay que tener cuidado porque son de púa─ atraviesa también fronteras ontológicas muy concretas. De este lado hay campesinos acostumbrados a convivir, durante décadas, con estancias, campos abiertos de pastoreo o sencillas alambradas entre dos franjas indistinguibles de monte nativo para poder manejar mejor el ganado. Del otro lado del alambre ahora no hay casi nunca nadie, quizás porque un cartel prohíbe el paso.

En esta escuela de agroecología de Santa Martina la mayoría de los participantes son campesinos criollos, y éste no es un paraje cualquiera, sino que aquí el pueblo y sus montes antiguos lindan con la parte sur de esta antigua estancia hoy reconvertida. Ahora sólo se escuchan y se ven, entre cada siembra y cada cosecha mecanizada, grandes máquinas que esparcen toneladas de veneno allá para donde sople el viento, a menudo coincidente con el lugar donde la gente vive y trabaja. Se propone que los participantes caractericen a los modelos campesino y del agronegocio. Algunos puntos que aparecen son que en uno se busca vivir feliz, tranquilo, y generar alimentos, mientras que en el otro se persigue tener muchas ganancias. En uno la prioridad es relacionarse con el monte a través del arraigo, la convivencia, la interacción con el lugar; y en el otro se ve a la tierra como un recurso con el cual no hay relación directa, ya que los empresarios ni siquiera viven en el predio.

A este lado de la línea abismal alambrada con púas, los campesinos se sientan alrededor del mate y uno agrega que ellos producen para la propia familia, y que lo que les sobra lo venden en las ferias y en el pueblo. Sus nuevos vecinos, por llamar de algún modo a los empresarios que compraron las tierras de al lado, venden en cambio al “mejor postor” a “otros países”. En esta segunda escuela de agroecología, dedicada al “manejo del monte”, sale también el tema de los insumos necesarios para poder producir. A este lado de la línea, según los campesinos, abundan los abonos de cabra y de vaca junto a las semillas criollas: bostas y simientes centenarios que provienen de los metabolismos que la propia comunidad estableció a lo largo del tiempo con la naturaleza. Al otro lado de la línea ─aseguran─ los insumos son externos, como las maquinarias para la siembra directa y las semillas manipuladas genéticamente, estériles como una mula, para que haya que comprárselas otra vez en cada nuevo ciclo. También hay otros insumos que los campesinos conocen bien: Los cócteles químicos cada año más abundantes, compuestos por fertilizantes, plaguicidas y herbicidas, con su olor a veneno y gusto metálico. Los aviones y mosquitos que fumigan y traen el cáncer, la leucemia, la malformación de los fetos de los niños de la próxima generación, que seca los nogales y produce abortos en las cabras preñadas. Los pivotes inmensos que alimentan la insaciable adicción al agua de esta mal llamada “agri-cultura”, que más bien es un agro sin cultura.

Al otro lado de la mensura los campesinos observan que los “vecinos” precisan de mucha cantidad de tierra que arriendan, con la que no tienen arraigo ni relación alguna más que aquella utilitaria que recomienda la sola conveniencia económica, que hay muy poca diversidad, en general sólo soja o maíz, que dejan un futuro hipotecado, que hacen gala de un saber ─por nombrarlo de alguna forma─ que es cerrado, interesado, para unos pocos, que destruye conocimientos y conocedores. De este lado, en cambio, mencionan que hay poca cantidad de tierra pero que existe un arraigo con ella, que crean mucha diversidad al criar vacas, cabras, ovejas, gallinas, al aprovechar los dones del monte nativo como el fruto de la algarroba, el chañar o el piquillín, al sembrar zapallos y plantar frutales. Y agregan que sus saberes son sanos, ancestrales, abiertos, libres, para todos.

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