SOMOS NATURALEZA TENIENDO UNA EXPERIENCIA HUMANA

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POR TOMÁS ASTELARRA

Pues, nadie ha calculado que edad tiene Dios. Pero según los cálculos de los científicos positivistas, el universo nació hace alrededor de 13.800 millones de años. Tan lejana es la fecha, que aún no hay acuerdo certero sobre cómo carajo fue lo que sucedió. Si fue un misterioso choque de energías de nombre Big Bang o si acaso fue el mismísimo Dios judeocristianomusulmán trabajando seis días y descansando el séptimo. Si fueron las amarus serpientes danzando en tiempos de Pachakuti, o como dice el viejo Tolkien, nuestro mundo nació del canto de les hijes de Ilúvatar, una especie de grupo soporte de esta maravilla que hoy llamamos historia. Cada cultura tiene un mito fundacional, no importa la edad, el tiempo ni el espacio. Todos son igual de creíbles o increíbles. Según los cálculos de los mismos científicos positivistas, nuestro planeta, nave, la Madre Tierra, tiene alrededor de 4.600 millones de años. Dicen algunas teorías que en algún momento el choque de la nave con algún otro planeta creó la Luna, regente de las aguas y los pensamientos. Según los científicos, esto pasó hace 4.500 millones de años. Alguien, hace poco, hizo el didáctico cálculo de que si el universo durara 24 horas, esto ocurrió a las ocho de la mañana, en el alba del invierno de nuestra historia. Recién hace 4 décimas de segundo el hombre dice que llegó a la Luna. Muchísimo antes, sobre las 23 horas 23 minutos y 30 segundos del día universal, una célula se creyó anfibio, que se creyó rana, que se creyó pájaro o mono, que anidó en los árboles, por sobre las sales planetarias y debajo de la campana líquida de eso que alguna vez los monos llamarían planeta. Y la tierra, que estaba de antes, fue un ancho territorio con seres moviéndose sin raíz sobre ella, como niñes potentes ciñiéndole el regazo, lamiéndole su tierna caparazón de greda. “Porque entonces”, recuerda el poeta Warpe Armando Tejada Gómez “la tierra no era buena ni mala. Solamente camino. Luna de la distancia. Porque entonces la tierra no terminaba nunca y el pan era un velero de la espiga lejana”. Entonces el mono devino en hombre, homo sapiens, hace apenas 200.000 años. Apenas dieciséis minutos antes de la medianoche universal.

El equipo de eminencias que hizo todos estos maravillosos cálculos no debe haber llegado a los cien años. La ciencia que posibilitó sus hallazgos, apenas tiene 300. Es esa joven ciencia la que al día de hoy no ha llegado a un acuerdo si tal cambio, al que Darwin llamó evolución, se dio por la caída de un meteorito, el consumo de hongos alucinógenos, la visita de extraterrestres, o simplemente fue causa casualidad. Algunos sostienen que esa evolución fue gracias a la necesidad de un tejido comunitario en tiempos difíciles. Las señas para escapar de la amenazas y obtener de manera efectiva el alimento se fue lentamente transformando en lenguaje, palabras, pensamientos, cultura. La nueva dieta hizo evolucionar el cerebro del mono. Nacía el pensamiento, y con él la humanidad. En el siglo XIX el príncipe Kropotkin, estudiando la naturaleza y ciertas comunidades originarias lejanas al desarrollo de lo que hoy llamamos civilización, interpretó que cuando Darwin se refería a los más o las más aptas, se refería no a las más fuertes, sino a aquellas que sabían organizarse. Ese es el eslabón perdido. Es el apoyo mutuo el que siempre ha marcado nuestra evolución. Y también lo contrario. Porque en algún momento el tiempo se volvió lineal, el pensamiento certeza, el intercambio codicia, la madre naturaleza enemiga, las mujeres objetos, Dice el papacho economista Manfred Max Neef que es la misma ciencia positivista, que terminó de sellar el camino de la desvinculación del hombre con la mujer y la naturaleza, con su diversidad y cuidado, la que ha calculado como infinitecimal la probabilidad de todos estos eventos o evoluciones. Incluso esta computadora en la que estoy escribiendo, y que como invento tiene poco más de 50 años, es probabilísticamente un milagro. En base a la probabilística positivista de la evolución humana y sus creaciones dentro de la evolución de la naturaleza, Max Neef sostiene que somos “la naturaleza teniendo una experiencia humana”. Un milagro que debemos agradecer. Mientras que yendo más allá, el papacho Eugenio Carutti dice que la tecnología es también una evolución de la naturaleza. Es nuestro desafío complementar ese desarrollo o evolución desde el vínculo y el apoyo mutuo. El cuidado de la Casa Común. Ese, y no otro, es el desafío al que nos enfrentamos.

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